En la conducta de Ortega no hay causa ni razón ni sentido

No pareciera coherente relacionar esta tragedia nacional por la embestida devastadora de los fenómenos naturales con el conflicto provocado por el Gobierno de Nicaragua. Pero la referencia se impone por la irracionalidad del proceder de Daniel Ortega, censurado aun por sus propios compatriotas.

Nadie ha podido –ni podrá jamás– explicar por qué Daniel Ortega ha actuado en forma tan perversa y demencial contra nuestro país. Me refiero a él porque él ha sido el responsable y el gestor de esta nueva invasión y, en este caso también, de la apropiación, manu militari, de parcelas del territorio nacional. Los demás, el Comandante Nada y los otros funcionarios no son sino instrumentos dóciles de quien los contrató para actuar y callar. Lo puso de manifiesto la comedia que, para su deshonor, montó anteayer en la OEA el representante de Nicaragua, Denis Moncada, teledirigido por Ortega y su canciller.

¿Por qué? A esta pregunta se puede responder alegando una causa, ofreciendo una razón, buena o mala, o un significado. En la conducta de Ortega no hay causa ni razón ni sentido. No hay motivos políticos, aunque los imagine, porque el pueblo lo desprecia y ni siquiera podrá invocar la unidad nacional para medrar. No busca provecho porque todo, más bien, conspira contra él. Tampoco reforzará su posición ante La Haya, en su conflicto caribeño con Colombia, porque esta es una vía irracional. El hecho mismo de nombrar al Comandante Nada como dragador oficial y conductor de una aventura tan disparatada verifica el estado mental en que se mueve, por él, el Estado nicaragüense.

Si, al parecer, son la demencia, el odio y la obsesión en causar daño los móviles de Ortega, de su proceder se desprende una conclusión: la magnitud de los efectos perniciosos para el propio pueblo, para un país vecino o para la comunidad internacional del abuso de poder en alas de la ideología, la corrupción o la sinrazón. Así, el imperativo político del bien común, al que se debe consagrar un gobernante con cuerpo y alma, se desplaza hacia objetivos de otra índole. Este desplazamiento explica buena parte de las desventuras de nuestros países. El pueblo es un pretexto.

Esta calamidad nacional nos lo demuestra. En medio de una de las mayores tragedias naturales del país, nuestro Gobierno debe atender también los efectos internos y externos de la irracionalidad de Daniel Ortega, quien, además, ha puesto en movimiento el aparato jurídico-político de la OEA y, quizás, más allá si esta, de nuevo, se enmaraña en los intereses de sus miembros. Ortega ha puesto en evidencia, de este modo, que para él el pueblo de Nicaragua, empobrecido y explotado, es solo la prueba de su propio envilecimiento.

Julio Rodríguez
La Nación | 04 de noviembre del 2010
http://www.nacion.com/2010-11-05/Opinion/Foro/Opinion2579078.aspx

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